Muere a los 95 años Stewart Adams, que alivió el dolor de millones de personas con el ibuprofeno

07 de Febrero del 2019 | 175 lecturas


Descubrió esta 'superaspirina' pese a que abandonó los estudios en la adolescencia.

En 1939, cuando millones de adultos se preparaban para matarse unos a otros en la Segunda Guerra Mundial, Stewart Adams era un adolescente desorientado. A sus 16 años, había decidido tirar la toalla y abandonar los estudios. Era un hijo de la clase obrera. Su padre, maquinista de trenes, tenía problemas de visión y había sido degradado a un empleo menos cualificado en la localidad de March, un centro ferroviario en el este de Inglaterra. Nada hacía presagiar que aquel joven aturdido iba a aliviar el sufrimiento de miles de millones de personas.

Stewart Adams consiguió su primer trabajo gracias al enchufe de un amigo de la familia. Todavía barbilampiño empezó a trabajar como aprendiz en Boots, una cadena local de farmacias. Un adolescente sin aparente vocación para el estudio no parecía el mejor fichaje para la empresa, pero Adams acabó estudiando Farmacia en sus ratos libres, se doctoró casi con 30 años y en 1953 recibió la misión de encontrar un antinflamatorio oral más eficaz y seguro que la aspirina. En 1969, tres décadas después de entrar como aprendiz, llevó a las farmacias el ibuprofeno. Aquel muchacho fue uno de los mejores fichajes de la historia. En la actualidad, las tiendas Boots venden una caja de ibuprofeno cada 2,92 segundos.

Adams murió el pasado 30 de enero a los 95 años, según ha informado la que fue su empresa durante la mitad de su vida. Era, subrayan, “un héroe anónimo”. Hoy, el ibuprofeno se utiliza para el tratamiento de casi cualquier dolor leve o moderado, desde una migraña a una caries, pasando por una menstruación dolorosa o un proceso posoperatorio. Antes de Adams, este comodín no existía. Es difícil encontrar a personas que hayan aliviado tanto el sufrimiento de la humanidad.

La búsqueda de una superaspirina fue épica, según relata el farmacólogo australiano Kim Rainsford en su libro Ibuprofeno (editorial Wiley-Blackwell, 2015). En 1941, los pilotos de la Luftwaffe lanzaron cientos de bombas sobre Nottingham, destruyendo parte de las instalaciones de investigación de Boots. Cuando Adams comenzó su proyecto en 1953, su laboratorio estaba instalado en el salón de un viejo caserón victoriano a las afueras de la ciudad. Solo tenía un ayudante, Colin Burrows, al que después se sumaría el químico John Nicholson. Allí comenzaron los tres a probar nuevos compuestos.

Creador del Ibuprofeno

Los científicos administraban los productos por la boca a cobayas afeitadas, que luego eran expuestas a un chorro de luz ultravioleta que les generaba pequeñas quemaduras. Si la inflamación de la piel era leve o ínfima, la sustancia antinflamatoria funcionaba. El proceso era lentísimo. El 19 de diciembre de 1961, un compuesto denominado RB 1472, concebido originalmente como herbicida, demostró actividad contra el eritema de las cobayas. Se acabaría bautizando ibuprofeno, pero por entonces era solo un candidato más.

El equipo de Adams empezó probando análogos de la aspirina derivados del ácido salicílico. Descartaron 200 compuestos. Se fijaron entonces en dos sustancias sintetizadas en el programa de desarrollo de herbicidas de Boots, que presentaban actividad antinflamatoria. Fabricaron 600 variantes. La más prometedora, BTS8402, era unas 10 veces más potente que la aspirina en el laboratorio y se probó en un ensayo clínico con personas con artritis reumatoide, la misma enfermedad que había afectado toda su vida a Jesse Boot, hijo del fundador de la compañía. El experimento fue un fracaso, pero el análisis de los resultados sugirió que no bastaba con buscar una sustancia antinflamatoria, también tenía que combatir la fiebre y el dolor.

Pero ¿cómo saber si un animal sufre dolor? El equipo de Adams adoptó una técnica ingeniosa, desarrollada en 1957 por los investigadores L. O. Randall y J. J. Selitto. Inmovilizaban a una rata, pero permitían que moviera con libertad su pata posterior derecha. Con un puntero romo, los científicos ejercían una presión cada vez mayor sobre la extremidad, hasta que el animal experimentaba dolor y la retiraba. El umbral de sufrimiento aceptado cambiaba en función del fármaco ingerido previamente.

El grupo de Adams —tras probar unas 600 moléculas más en perros y ratas— inició los ensayos clínicos en humanos con otros tres compuestos: BTS10335, BTS10499 y el ibufenac. Los dos primeros provocaban sarpullidos a los pacientes, pero el ibufenac parecía seguro. Se puso a la venta en 1966 en Reino Unido. Pocos años después fue retirado del mercado al registrarse daños en el hígado en algunas personas que lo tomaban con frecuencia. Fueron cuatro fracasos seguidos.

Las miradas se volvieron entonces hacia aquella molécula con actividad antinflamatoria detectada el 19 de diciembre de 1961. “Fui la primera persona que tomó ibuprofeno”, explicó Adams en una entrevista para la revista Trends in Pharmacological Sciences en 2012. “Siempre pensé que era importante que yo tomase la primera dosis antes de pedir a otros que lo hicieran. Ya había probado otro par de fármacos antes, ¡pero nunca antes de hacer una prueba de toxicidad de 30 días en ratas!”, bromeaba.

A la quinta fue la vencida

El equipo dirigido por Adams estudió 1.500 compuestos en animales y llevó cinco de ellos a experimentos con humanos. A la quinta fue la vencida. Los ensayos clínicos demostraron que el ibuprofeno era efectivo en pacientes con artritis reumatoide, sin grandes efectos secundarios. En 1969, las autoridades británicas aprobaron el fármaco. En 1971, tras una fiesta con colegas, Adams comprobó que el ibuprofeno le aliviaba la resaca, según contó entre risas al diario británico The Telegraph. Y, en 1983, ante el creciente número de indicaciones terapéuticas, el organismo regulador permitió la venta del medicamento sin receta. Habían pasado 30 años desde que Adams asumió su misión.

“¿Quién podría haber previsto hace más de 35 años que al buscar un medicamento para el tratamiento de la artritis reumatoide aparecería un vínculo entre las quemaduras solares en las cobayas, el dolor de cabeza, el dolor de muelas y el dolor menstrual?”, se preguntó el propio Adams en 1992, en la publicación The Journal of Clinical Pharmacology. Se suele decir que la búsqueda de fármacos es un campo de minas y hay que tener suerte para no sucumbir por el camino. Pero Adams prefería recordar una frase del químico francés Louis Pasteur: “La suerte solo favorece a la mente preparada”. Hoy, las ventas anuales de ibuprofeno en el mundo alcanzan los 3.000 millones de dólares, según los cálculos de Rainsford. En 1987, aquel hombre que había abandonado los estudios a los 16 años fue nombrado oficial de la Orden del Imperio Británico.

Fuente: http://www.elpais.com

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