Prevención del síndrome de la clase turista

02 de Julio de 2007


La escasa movilidad en los vuelos de larga duración, junto con las condiciones de cabina y factores de riesgo individuales, incrementa el riesgo de trombosis venosa.

La postura adoptada es el principal factor de riesgo en vuelos de larga duración. Además, algunos investigadores atribuyen a las condiciones de presión y oxígeno propias de las cabinas de vuelo el incremento de los mecanismos de coagulación en personas predispuestas, junto con la escasa movilidad durante el largo tiempo de los vuelos.

La conclusión de un estudio encabezado por AJM Schreijer, del Departamento de Medicina Vascular del Academic Medical Center, en Amsterdam, publicado por la revista The Lancet el pasado mes de marzo sugiere que podría existir una predisposición genética que activaría los mecanismos de coagulación sanguínea en las condiciones propias de los vuelos de larga duración. De acuerdo con el grado de activación de estos mecanismos, el riesgo de formación de trombos o de coágulos en las extremidades inferiores sería mayor y, como consecuencia, también sería mayor el riesgo de padecer un tromboembolismo pulmonar masivo, causa última de la muerte súbita en los casos más extremos del síndrome de la clase turista.

Coágulos

El síndrome de la clase turista se explica por la formación de trombos en las venas de las piernas y su desplazamiento hasta los pulmones.

El síndrome de la clase turista tiene su raíz en la formación de coágulos de sangre (trombos) en las venas profundas de las piernas. En condiciones normales, los músculos de las extremidades ejercen un efecto de masaje que facilita que la sangre de las venas fluya con normalidad hacia el corazón.
Durante los viajes, la escasa movilidad provocada por los reducidos espacios y por el hecho de permanecer sentados durante horas, dificulta el retorno venoso. Si la sangre no fluye con normalidad aparecen piernas entumecidas, tobillos hinchados y riesgo de formación de coágulos. Si el coágulo o trombo obstruye el flujo sanguíneo puede desencadenar una trombosis venosa profunda.

Eventualmente, los coágulos pueden desprenderse y viajar hacia los pulmones, taponando alguna de sus venas y provocando lo que se conoce como tromboembolismo pulmonar. En este caso, los síntomas dependen del tamaño del coágulo. Si es pequeño, puede pasar desapercibido o bien manifestarse como dolor en el pecho y dificultad para respirar. Si es mayor, puede provocar un embolismo masivo, es decir, un taponamiento de venas en los pulmones, que puede llevar a una muerte súbita.

Cuando conviene extremar las precauciones
La probabilidad de padecer una trombosis venosa depende de muchos factores. Algunos son externos y propios de la circunstancia de cada viaje mientras que otros dependen del propio individuo. En algunos casos, evitar el riesgo es simple: si viajamos a Australia en clase turista y al lado de la ventanilla, el riesgo es mayor que en el caso de viajes más cortos y en los asientos del pasillo (que nos permiten estirar las piernas y levantarnos cuando nos apetezca, sin tener que molestar a nadie).
Pero hay un riesgo propio de cada persona sobre el que resulta más difícil actuar. Por ello, es importante conocer todo aquello que nos hace más vulnerables para poner más énfasis en las medidas de prevención. Hay que tener en cuenta que el síndrome de la clase turista no sólo se produce en los viajes en avión. En los desplazamientos largos en coche o en autocar también deben tomarse precauciones. Tampoco es exclusivo de personas mayores o con problemas circulatorios, por lo que es importante conocer todo aquello que aumenta la predisposición.

Los individuos con mayor riesgo de sufrir una trombosis venosa son, en general, personas mayores; individuos que padecen varices y otros problemas circulatorios en las extremidades; fumadores y personas con sobrepeso; mujeres embarazadas y las que toman anticonceptivos; personas que han sufrido alguna trombosis previa o un embolismo pulmonar o tienen antecedentes familiares de la misma patología; individuos que han padecido algún traumatismo reciente en las extremidades inferiores o aquellos que han sido sometidos recientemente a cirugía abdominal o de extremidades inferiores; pacientes con cáncer, enfermedades hematológicas que predisponen a padecer trombosis o con predisposición genética.


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